Noé y la apología del ateísmo

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

Génesis

Y la luz inundó la sala número diecisiete recordándome que ese ejercicio cinematográfico debía al menos entretenerme para dar por bueno el desembolso de la nada desdeñable cantidad de 3,90€, que para un tieso practicante de la mendicidad pudiente, ya es bastante. Y vaya si me entretuvo.

Porque Noé es una felación al ateísmo. Y si me queréis zurriagar que sea junto al Arzobispo de Granada, para oírle gritar a él también. Lo es por muchos motivos, entre ellos no tomarse en serio la obra literaria en la que se inspira y tampoco a sí misma como narración cinematográfica. ‘Noé’ es el sinsentido de otro sinsentido aún mayor, lo que la sublima como una experiencia que sobrecoge por igual al creyente y a su antítesis natural, aunque por motivos muy distintos.

Es cuanto menos curioso, e irónico, que los gigantes de piedra de la película, llamados en ella Los Vigilantes, sean ángeles caídos reconvertidos en buenos samaritanos comprometidos con la causa de Dios y responsables a la postre de la salvación del Arca. En la Biblia, estos seres se corresponden con la raza de los Nephilim, ángeles caídos, sí, pero cuyo papel en la narración se limita casi en exclusividad al fornicio con mujeres humanas en un intento del hombre de crear una nueva raza de titanes. Pretensión que, por supuesto, encendió a Dios dándole un argumento más para la postrera inundación del mundo matando a todos los seres vivos que vivían en el más ignominioso de los pecados.

Esta caricatura en forma de interpretación aberrante de las Santas Escrituras es fácilmente justificable por cualquier productor que se precie aduciendo que la adaptación del guión necesitaba de esta ligera disonancia para encajar como historia per se. Lo que es más difícil de justificar es el tiro en la nuca al creacionismo representado en la escena en la que Noé narra a sus hijos la creación del mundo y la totalidad de la vida. Por ello no es de extrañar que diversas personalidades del mundo religioso, cualesquiera que sea su doctrina, se hayan manifestado en contra de que le vuelen la tapa de los sesos a su obra de referencia.

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La escena en cuestión es, si eres ateo y darwinista, para carcajearse en medio de la sala a mandíbula suelta. Y es que según Noé, en el agua aparecieron las primeras células, y en una representación visual de altísimos valores de producción cinematográfica, el espectador presencia el proceso de mitosis celular, la creación de los primeros organismos acuáticos, la huida de estos tierra adentro y la sucesiva aparición de los mamíferos de distinto tamaño. Me faltó algún Tyrannosaurus Rex a la carrera tras un Gallimimus, pero la perfección no existe más que en Dios. Y no lo queremos enfadar del todo.

Por si todo esto fuera poco, la película realiza un velado guiño a todos aquellos que piensan que las religiones monoteístas regidas por un ser todopoderoso no son sino el caldo de cultivo perfecto para la enajenación definitiva de los seres humanos. Porque como bien comparto con algunos camaradas, hay que ser muy rastrero, y por yuxtaposición imperfecto, para callar, otorgando, cuando alguien se arrodilla ante ti pidiéndote una señal que refute su teoría de que el designio de Dios conlleva el asesinato de dos bebés. Y no solo eso, sino que tengas a bien, como ser omnipotente y vil, aparecer en forma de arcoiris celestial tras la bajada de las mareas en un ejercicio insolente al grito silencioso de ‘yo os bendigo, espero que hayáis aprendido la lección‘.

Otros aspectos secundarios y menores en un conjunto espléndido por esperpéntico son la reencarnación de la versión joven e inútil de Christian Slater o  la melancólica interpretación de Anthony Hopkins como Matusalén, abuelo de Noé. Pareciese el otrora asesino en serie más temido del cine un octogenario pidiendo la hora en una industria del cine que se empecina en ofrecerle papeles menores (a excepción de la decente ‘Hitchcock’). Y no menos destacable es la tendencia irrefrenable de la práctica totalidad de los protagonistas hacia la lujuria más incestuosa. A la conclusión de ‘si vamos a morir, aprovechemos el tiempo’ no hay juicio divino posible. En todo caso la culpa es de Dios por hacernos con pulsión sexual desorbitada.

Tras todo lo expuesto, y establecer ‘Noé’ como mi película bíblica preferida desde ‘Los Diez Mandamientos’, otro alarde de técnica, debo confesar que disfruté mucho más de lo que esperaba. Tanto en el halago como en la crítica destructiva puedo llegar a parecer radical, pero la ocasión lo merecía. Y no estoy seguro de que este artículo sea una cosa ni la otra. Berlanga atizaba al franquismo desde su mismo corazón y sorteando sus trabas. ‘Noé’ es una bofetada al teísmo usando la propia mano del Creador.

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