La despedida | Microrrelato

La cinta sobre sus ojos no le permitía apreciarlo con claridad, pero el sol en retirada cubría de tonalidades doradas todo cuanto le rodeaba. Atisbó las costuras entreabriendo los párpados y reconoció que era lino. Sintió la robustez y el cimbreo de los cuartos traseros de lo que creyó identificar como un saddlebred americano de color castaño. Al paso, en una travesía que suponía ya una condena de muerte, no pensó en cosas importantes. Se limitó a sentir con todas sus fuerzas, pues su estancia en el mundo acabaría pronto. Oyó el piar de los pájaros y el pasar del viento a través de las hojas de trigo. Tenía las manos atadas a la espalda y la cuerda de pita empezaba a cortarle la circulación en las muñecas, pero todavía podía mover los dedos. Y lo hizo, pues el pelaje de un saddlebred bien cuidado era para un sureño como él lo más parecido a la seda que podía acariciar. Y con dificultad lo consiguió, y comprendió que la suavidad de aquel caballo era la última cosa bella que la vida le regalaría.

El convoy de figuras siniestras que lo rodeaba paró en medio de un claro baldío. No existía vida en aquel páramo más que la que alimentaba las raíces de un árbol centenario que sobrevivía inerte en una inmensidad gris. El viento cesó, y el mundo fue inundado por un silencio muerto. Un agudo chirrido irrumpió en su cabeza mientras se debilitaba en el interior de sus tímpanos; morían cosas en su interior. Su cuerpo empezaba a despedirse de sí mismo en el momento más cruel. Comenzó a llorar, pero las lágrimas no recorrieron sus mejillas. Su dolor empapaba la cinta que lo cegaba ante los designios del hacedor. Una mano lo asió por el cuello mientras una sombra colocaba una cuerda alrededor de su cabeza. El animal bufó inquieto. Un sonido gutural fue la orden que estiró la cuerda hasta tensarla sobre su cabeza. Hubiera dado cualquier cosa por morir con los ojos abiertos.

Entre el silencio y el sollozo se oyó el romper de un látigo al viento. El equino relinchó de dolor y el golpe lo incitó al galope. El lomo de aquel saddlebred recorrió la punta de sus dedos en una despedida donde la suavidad de su pelaje se había esfumado. Y entonces, mientras sus piernas resbalaban sobre su montura hacia lo inevitable, la recordó a ella. Cerró los ojos y volvió a sentirla. De nuevo lo inundó la calidez de su piel desnuda y la fragancia del placer perdido lo hizo sentir más miserable. En su cabeza bailaron recuerdos de lo que parecía otro tiempo. Un lugar y un momento en los que fue feliz. No había mejor despedida posible, pensó. Porque abandonaba el mundo ante aquellos ojos vidriosos a la luz de un fuego tenue mientras sus cabezas reposaban en el mismo lecho y se observaban atisbando un futuro que no existiría. Porque disfrutó otra vez de la media sonrisa más ingenua que había tenido la suerte de besar. Aquellos oscuros cabellos volvían a abrazarlo para no volverlo a hacer jamás. Y recordó toda una lista de promesas que jamás se cumplieron, pero que respondían a la idiosincrasia de los que se enamoran sin en el fondo pedir ni esperar nada más que lo inmediato. Él lo había sentido así. Siempre prefirió el hecho al juramento, la caricia a la palabra dulce, la mirada al verso.

La caída azotó su cuerpo. La cuerda se hundió en su garganta desapareciendo como pronto lo haría todo lo demás. La gravedad quebró rama y hueso. Se quebró su vida. Su último pensamiento se esfumó con ella. Le tendió la mano. No vio ni oyó nada más.

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