Razón versus fe, el debate a ninguna parte

Los orígenes del raciocinio son difusos. Cuándo se produjo la primera descarga sináptica que hizo florecer un entendimiento proyectado más allá de todo proceso secuencial anterior es un verdadero misterio. Actualmente, es al Homo Heidelbergensis, antepasado evolutivo de nuestra raza que existió hace alrededor de 600.000 años, a quien se le atribuyen los primeros indicios del pensamiento simbólico. Esta es, probablemente, la diferencia fundamental entre los seres humanos y el resto de los seres vivos de este planeta. En Grecia se terminó de moldear la plastilina.

La fe como concepto religioso nació como producto del miedo, probablemente no en tiempos lejanos al nacimiento del raciocinio primitivo. Surgida en respuesta a nuestros temores y como última salvaguarda cuando la razón no ofrecía soluciones a peligros aparentes o situaciones de incertidumbre. Decía San Agustín de Hipona que “la fe que no es pensada, no es fe”. Y pese a mi reticencia a aceptar este argumento, una reflexión más profunda me hizo concluir que es una aseveración totalmente cierta. Porque la fe concebida así no es sino una manifestación aberrante de la imperfección de los métodos del raciocinio. En términos cinematográficos, la fe es a la razón lo que Neo a la matriz; una anomalía sistémica e inevitable. La diferencia es que los racionalistas no afirmamos la perfección de nuestra metodología, lo cual supone haber perdido el debate de antemano dada la perfección inherente a la concepción de Dios como ser eterno, divino y omnipotente.

En el principio fue el impulso. Tras él llegó el sentido. Y como así teoriza Mircea Eliade, considerado el gran investigador en el campo de la historia de las religiones, “la toma de conciencia de un mundo real y significativo se halla en íntima relación con el descubrimiento de lo sagrado”. El problema sobreviene cuando un racionalista intenta batir en duelo sus axiomas contra los dogmas de un creyente. No obstante, creer como concepto religioso está íntimamente ligado con la idea de rechazo a la propia razón.

Claro que San Agustín afirmaba una fe pensada como fe que trasciende el pensamiento y es iluminada por una verdad sagrada y divina. “Y finalmente, advertí que Vos, Señor, que sólo sois el eterno, no comenzasteis la obra de vuestra creación después de pasados innumerables espacios de tiempos, porque antes bien, todos los tiempos que han pasado, y los que pasarán, ni hubieran podido pasar, ni hubieran podido venir, si Vos no hubierais hecho que llegaran y pasaran permaneciendo Vos eternamente.”. Este antiraciocinio, además de trabar lenguas, supone una involución del pensamiento que convierte cualquier debate con visos de clarividencia en un imposible.

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Me decía un amigo hace poco que cuando alguien le demostrase que Dios no existe lo creería sin reservas. Esto es, en sí mismo, un callejón sin salida. Pues más allá de la experiencia sagrada trascendental que algunas personas afirman haber tenido, para mí cuadros de enajenación transitoria, no existe razón o argumento que derribe el muro que la fe construye más allá del mundo sensible o simbolizable por los mecanismos de la razón. Es el argumento definitivo: no se puede refutar algo que trasciende todo lo demás. Como defendía Gonzalo Puente Ojea, ateo por convicción y orgulloso racionalista militante, esta premisa supone dar por cierto el uso de dos diccionarios mentales distintos que desembocan en un debate babélico y por definición inabordable.

La ciencia, por su parte, ha batallado y batallará en pos de dar respuesta a los innumerables enigmas a los que se enfrenta la razón. Un proceso que durará toda nuestra existencia como especie inteligente y que generará nuevos enigmas en cantidad exponencial a los enigmas resueltos. La ciencia no persigue la omnisciencia, sino la huida de la ignorancia. El arduo trabajo de los grandes pensadores de la humanidad ha propiciado que la fe retroceda en un proceso de capitulación progresiva cuyo último anclaje nos lleva a la pregunta por excelencia: ¿qué hubo antes del principio de todas las cosas?

Volviendo a San Agustín de Hipona, personalidad en la que persevero pues es considerado el primer espada intelectual de los primeros siglos del cristianismo, expongo parte de su pensamiento en lo que se refiere a la respuesta a esta pregunta. “Pues he aquí que mi infancia murió hace ya mucho tiempo y, no obstante, yo todavía estoy vivo; pero Vos, Señor, sois el único que siempre vive y en quien nada muere, porque vuestro ser es antes del principio de los siglos, y antes de todo cuanto se puede decir antes.”. Porque sí. Y nada más.

Todo lo escrito aquí no es sino un intento de abordar no ya el problema de la existencia o no de un Creador, sino de la pertinencia o no de la existencia de un debate al respecto. Personalmente, el primer paso para el descubrimiento de la verdad, o al menos de la verdad razonable y razonada, es hacer uso de un principio filosófico tan noble como el agnosticismo positivo, esto es, en palabras del filósofo español Gustavo Bueno, “el que duda y niega en principio, pues no se puede admitir que un grupo humano concreto tenga una revelación en exclusiva pues esto atenta contra la dignidad de la razón y por ende contra la dignidad humana”. Por lo ya expuesto en este esbozo, finalizo afirmando que el ateísmo razonado me parece una postura mucho más legítima y humana que la fe como dogma, pues es la única que fundamenta su postura sin recurrir a comodines dialécticos.

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