El cerdo que se atrevió a soñar

“Aquellas escenas de terror y matanza no eran lo que ellos soñaron aquella noche cuando el Viejo Mayor, por primera vez, los incitó a rebelarse.” – Rebelión en la granja

La fábula distópica de la fábula satírica es la ensoñación más indeseable de todas. Porque generalmente procede de raíces tangibles en el mundo que respiramos al tiempo de imaginarla. Ahora imaginad un cerdo cualquiera. Un cerdo alejado del canon orwelliano de despotismo animal; un cerdo reimaginado como miembro de la multitud. Sin poder dentro de una granja de calima gris. Soñador.

Este cerdo creció oyendo a sus contemporáneos hacer uso de la innegablemente rica y vasta naturaleza del refranero de su comarca. ‘Engordar para morir’, decían. Nunca lo entendió del todo. Ahora, consciente, decidió oponerse. Una circunstancia que se torna inminente y en la que como cerdo se ve sobrepasado por el hecho de tener que luchar contra sus enemigos y contra sí mismo. Enemigos incorpóreos ante los que es complicado embestir.

Es un cerdo al que siempre le gustó comunicar. No fue consciente de que el sistema ofrecía en apariencia la posibilidad de vivir de ello, por eso cuando era lechón eso nunca fue una prioridad. Él perseguía la felicidad, una idea demasiado romántica y osada para un cerdo. La pocilga pública en la que estudió ofrecía las incompetencias propias del acomodamiento profesional de los búhos letrados que, salvo excepciones, ostentaban un autoproclamado conocimiento absoluto socialmente aceptado por los cerdos discípulos. Cuando cumplió su penitencia allí, llegó a la prestigiosa Pocilga Central de la Comunicación. Era la máxima institución formadora en ciencias comunicativas. Solo los mejores cerdos llegaban a ocupar un espacio en el lodazal de prestigiosos excrementos de tan ilustre lugar.

Allí, la mayoría de los búhos sabios carecían de plumaje y cubrían sus desnudas siluetas con resultones disfraces de falsa erudición. Sin embargo, el cerdo contemplaba a otros búhos con admiración mientras se preguntaba si siempre existieron en su vida búhos con disfraz, solo que ahora era capaz de discernir con más atino la naturaleza animal. Fue entonces cuando el cerdo empezó a cuestionarse qué es la inmundicia, la naturaleza de las pocilgas y su pertinencia, su lugar en la granja, la justicia profesional y, sobre todo, su futuro. No todos compartían con él la idea de que la Pocilga Central de la Comunicación era de hecho una pocilga en el sentido más humano del término. Sin embargo, estaba convencido de que los innumerables charcos de mierda sobre los que había tenido que rodar representaban una condición sine qua non para obtener el certificado de cerdo comunicador.

Y a punto de conseguir este documento, no pudo evitar soñar. Un sueño que siempre se convertía en pesadilla habida cuenta de la situación laboral que reinaba en la granja. Por doquier, los cerdos comunicadores eran cesados de sus cochiqueras y abandonados a su suerte en anchas cintas transportadoras en cuyo extremo reinaba una orgía de sangre, berridos y vísceras presidida por una gran cuchilla circular. Trotar a contracorriente, todo lo que la naturaleza de un cerdo podía permitir, suponía morir cansado. Morir al fin y al cabo. Evitar el cese no ofrecía las mieles de la victoria, sino de la esclavitud. Los más afortunados convivían con sus progenitores hasta que eran llamados a filas en la cinta de despiece. Los miserables daban las gracias a las hienas, implacables capataces de la comunicación puerca, por un salario que les permitía hozar en un tiesto de carne podrida siete veces por semana. Las cuadras ardían en un mundo donde comunicar había perdido su razón de ser.

Desde un onírico cuchitril envuelto en tinieblas contempló su futuro en una visión lúcida: formaba parte de una gran extensión de puercos absortos ordenados en filas contemplando el cielo negro con la mirada perdida en un firmamento inexistente mientras miles de sondas anales absorbían sus sueños. Era siempre en ese momento cuando despertaba, sudoroso, en su porqueriza particular. Los riesgos de intentar soñar, se decía. Pero siempre volvía a quedarse dormido ilusionado con encontrarse algún día atrapado en uno de sus sueños. Un sueño en el que fuese feliz y se sintiese realizado como puerco comunicador honrado. Aunque solo fuese un sueño.

Matanza
Foto: Pedro J. Gallardo
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