Los prescindibles

Que el periodista, o al menos el verdadero periodismo, es un eslabón más que prescindible en la estructura social y laboral de nuestro mundo es algo que de tanto oír uno acaba interiorizando como una falacia inamovible. Aunque falacia al fin y al cabo. Pero lo que acaba por sorprender a los incautos ilusos de la pluma y la comunicación humanística es que no son los únicos damnificados por la visión tecnocrática hacia la que se encamina el sistema.

El último informe de la compañía de recursos humanos Adecco revela algo que no es novedad, pero se confirma como una senda de avance imparable: lo ajeno al conocimiento técnico no sirve para nada. Quizá para engrosar ciertas habilidades secundarias en el currículo de algún ingeniero, matemático o informático (grata sorpresa si el susodicho no comete faltas de ortografía sonrojantes), pero inútil per se.

Los titulados que quieren las empresas‘, titula el documento, en el que el ranking de los más deseados está copado, casi exclusivamente, por ingenierías varias, matemáticos, expertos de mercado, abogados, biólogos, químicos o -y esta siempre es de agradecer- médicos. Pareciese, y de hecho es así, que saber comunicar, ser conocedor e intérprete de la historia o cualquier tipo de habilidad lingüística es sinónimo de quedar relegado al ostracismo intelectual siendo el conocimiento humanístico solo aprovechable para mantener viva cierta oferta académica, aumentar tu probabilidad de despertar el interés de la otra persona en una cita o, simplemente, ir mejor preparado a ‘Saber y Ganar’.

Esta deshumanización, o transhumanización, supone la instauración de un nuevo régimen sociotecnológico en el que parte de los otrora portadores del pensamiento ilustrado, y los guardianes de su legado, no han sabido -o querido- frenar y han acabado atropellando su propio espíritu. Como sociedad, hemos desvestido al mundo de sus harapos despóticos y eminentemente religiosos para enfundarlo en el traje de Iron Man. Qué perversión tan absurda. Haciendo bueno el símil, somos la ‘sociedad cómic’, en la que todo está parcelado, medido, guionizado, con una importancia textual decreciente y dirigido por un argumento del que hace ya tiempo me aburrí soberanamente.

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