Neoperiodismo, el zombi útil

“El periodista es un hombre que se ha equivocado de carrera”

– Otto Von Bismarck

Con cierta apatía, por qué negarlo, descubro los nuevos movimientos del ubicuo entramado empresarial que controla el diario El Mundo. Su matriz absoluta, el grupo italiano RCS, presiona para hacer efectiva una bajada de salarios y, a la postre, lo que se prevé como la enésima unión entre empresas de la comunicación en una fusión que uniría al periódico de Casimiro García-Abadillo con La Razón o ABC.

Para los novicios en la materia conviene remarcar que este tipo de decisiones se desarrollan en un contexto en el que la práctica totalidad de los grandes medios de neocomunicación de masas no son empresas independientes, sino que pertenecen a grandes macroempresas cuyos intereses se expanden en sectores muy diversos además del ámbito de la neocomunicación. Entre currinches o alevines podría llegar a ser chocante conocer el hecho de que la mayoría de la neoprensa es deficitaria, y aún así los caudillos del parné se afanan por preservar su existencia. Caudillos que por supuesto no se corresponden con los directores de los periódicos, lacayos que pintan menos en sus neodiarios que yo en el devenir de la política social española.

¿Pero no es el libermercado un camino para alcanzar la eficiencia económica? Claro, pero cuando hablamos de medios de neocomunicación estamos tratando con el Joker de la baraja. Un comodín venido a menos, eso sí, al que la lepra diagnosticada hace demasiado le ha desfigurado el rostro, ha estigmatizado su espíritu y lo ha convertido en un servicio público estéril.  Ha cercenado su poder mutándolo de baluarte y garante de una sociedad sana y comprometida a un zombi desmembrado, inútil e inofensivo, cuyas cadenas lo unen a los guerreros del capital cuyo único afán es mantenerse con vida en un territorio exponencialmente hostil: el neomercado. Un campo de juego donde la lucha no es entre empresas a nivel micro, sino entre grandes ejércitos de capital a nivel mundial y en el que mirar de reojo la estabilidad del sistema a nivel social es tan importante, y puede que capital, como seguir guerreando a la par que haciendo dinero.

Hearst
William Randolph Hearst

Es por tanto no el periodismo, sino el neoperiodismo -aberración similar al concepto de neoliberalismo– un engendro creado a imagen y semejanza de sus captores con un objetivo claro: la preservación no de un sistema social en libertad sino de un sistema de mercado desligado de cualquier aspiración social más allá del mantenimiento de los principales pilares que rigen la estructura sociopolítica mundial de este siglo. No importa que se pierda dinero con un neoperiódico si seguir manteniéndole las cadenas permite a sus captores atravesar una ciudad infestada de muertos sin que estos sean conscientes de ello. Unos muertos que, por otra parte, tienen lo que se merecen. Por estúpidos, pusilánimes, inconscientes y condescendientes con un sistema que viola, una tras otra e irónicamente con la neoprensa como cancerbero, las libertades que el periodismo debería garantizar.

La publicidad, último garante de la independencia de los medios de comunicación de antaño, huye despavorida de un mercado de neocomunicación que ya no es rentable. No se lee prensa porque no existe, y la neoprensa ya ni entretiene. La mayoría de la neoinformación consumida hoy viene suministrada en pequeñas y adulteradas dosis por los iconos de la sonrisa, el escote y la corbata de las grandes cadenas de neotelevisión. La neoradio, ese eco ciego de la neotelevisión, también está herida. La información murió, y su neoespectro, floreciente durante las últimas décadas, comienza a hincar la rodilla. El gran problema de los amos de este ejército de las tinieblas es cómo mantener subido el telón de esta opereta mientras algunos espectadores comienzan a descubrir el antídoto a la zombificación y sustituyen el lamento gutural por la palabra y la queja.

Aquel profesional que pretenda ejercer con libertad y honestidad la profesión periodística en estos momentos quizá viva para siempre en el país de las pesadillas. Una variante aterradora del universo de Lutwidge Dodgson en la que el periodista es un niño indefenso, rodeado por hienas de trajes caros cuyo único objetivo es vigilar con el ceño fruncido para que el bombín sobre sus testas no cambie de dueño.

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2 comentarios en “Neoperiodismo, el zombi útil”

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