Pablo Iglesias y la utopía de la comunicación

Abogar por una regulación que garantice la veracidad en los medios de comunicación es tan absurdo como pretender lo propio entre los distintos partidos políticos.

A poco que se hurgue en la Historia, si bien pudiera ocurrir que el curioso no encontrase todas las respuestas, sí comprobaría que en la mayoría de los casos no existe una verdad inequívoca. Decía Aristóteles en su Metafísica que “decir de lo que es que no es, o de lo que no es que es, es falso, mientras que decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es, es verdadero”. Pero en la aserción de Aristóteles caben preguntas como: ¿existe solo una verdad? ¿En qué grado es una verdad ambigua? ¿Cómo influyen la perspectiva, las experiencias y el contexto de un sujeto para el discernimiento de su verdad?

Las utopías son peligrosas. Por imposibles, pues la persecución de entelequias conduce a la frustración. Y todos sabemos cómo un sentimiento similar condujo a Anakin Skywalker a enfundarse un casco con la voz de Constantino Romero. Un escenario muy distinto sería que el sujeto utópico fuese consciente de la farsa a la que conduce su razonamiento, pero aún así sostuviese su discurso. Entonces la utopía sería más peligrosa aún. Eso es lo que abandera Pablo Iglesias, algo comprensible dado el material genético de sus anacrónicas convicciones políticas. El periodismo libre y honesto del que habla Iglesias es imposible porque nunca (salvo en las aberrantes prácticas sofistas de la trampa dialéctica o en las nuevas formulaciones teóricas de la ciencia profunda) podría considerarse verdadera una cosa y su contraria. Aspirar a una honestidad periodística enfundándonos en un traje de adalid y juez de la verdad ya es deshonesto en sí mismo.

utopia

El éxito mediático de Pablo Iglesias es tal porque domina a la perfección el uso de la media verdad envuelta en papel de regalo a los incautos, fascinados por el brillo y los colorines del envoltorio. Cuando el líder de Podemos señala que el 80% de los medios de comunicación están controlados por dos imperios no está diciendo ningún disparate, sino subrayando un hecho. Tampoco enloquece al preferir un país en el que su periodismo constituya un servicio público de calidad, independientemente de su naturaleza pública o privada. Donde naufraga es en el intento de vender a la población que el panorama periodístico es rehabilitable por decreto. Craso error solo comprensible si atendemos al lícito objetivo de todo partido político de imponer una realidad y actuar en consecuencia.

El plan de Iglesias no solo es imposible sino deshonesto, pues una nueva regulación que encorsetara el marco legal periodístico (además de la existencia de la Constitución y los distintos códigos éticos) no pariría un nuevo periodismo carente de vicios, sino que conduciría inevitablemente a un control de la información que mutaría de empresarialmente libre y mentirosa a unilateralmente sesgada. Un periodismo regulado por decreto en el que la crítica a la verdad de Estado sería señalada como falaz. Un panorama que en poco o en nada mejoraría la situación que vivimos hoy, en la que la mentira y la manipulación dominan el espectro periodístico. ¿Cómo es posible controlar la libertad individual del discurso de cada uno de los periodistas que forman un medio de comunicación privado sin limitar la libertad (aunque sea para mentir, o mentir desde la perspectiva del censor) de dicho medio?

Las declaraciones públicas que Pablo Iglesias se afana en expandir embutidas de polémica me hacen reflexionar sobre qué modelo de Estado construiría Podemos. Si el plan es dinamitar las aberraciones del actual sistema político sustituyéndolas por otras de similar índole, mejor apaguemos las televisiones y las radios, desconectémonos de internet y cerremos los periódicos. Tras ello, sentémonos reposadamente, cerremos los ojos y reflexionemos sobre lo que somos como sociedad, lo que hemos sido y lo que queremos ser. España, y el mundo, no necesitan Jesucristos, sino personalidades honestas que reconociendo la imperfección inherente a todo sistema sociopolítico (pasado, actual o futuro) se atrevan a luchar contra los dragones del castillo reconociendo que ningún final satisfará a todos. Pues siempre habrá quien reconozca dragones y quiera vencerlos.

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