La epifanía de Edgar Mitchell

Desde la luna, desearías coger a un político por la nuca, llevártelo allí y decirle: “Mira esto, maldito hijo de puta”.

Edgar Mitchell

La vida de Edgar Mitchell cambió el 5 de febrero de 1971. Ese día tuvo la oportunidad de sentir el universo y respirar su magnificencia desde dentro.  Con un pie en la Luna, vivió una epifanía. Un momento trascendente en el que el ser humano que lo experimenta se encuentra con lo que podríamos llamar el lado esquivo de la existencia. Un conocimiento en forma de vivencia que, sobrevenido sin aviso, transmuta la conciencia para siempre.

Allí todo era pequeño. Las estructuras sociales y el mundo mismo, con sus problemáticas dinámicas, perdieron valor. O lo ganaron, tras la adquisición de una nueva conciencia que lo incitó a cambiar elementos radicales de su propia vida o de la de los demás.  ¿Qué le pasó a Edgar Mitchell? De vuelta en el mundo, decidió dedicar sus esfuerzos en la búsqueda de una respuesta a la existencia de Dios demostrable a través de la ciencia misma. Y más allá de sus declaraciones en torno a su convicción de la existencia de vida extraterrestre, algo que en este artículo no me interesa abordar, el viejo Mitchell nunca volvió a la Tierra.

¿Qué vio o sintió allá en la llanura baldía de nuestro satélite para cambiar por dentro? Probablemente sea inexplicable, pero deja al descubierto algo quizá más interesante: la prueba de que vivimos en lo que podría llamarse una libertad prisionera. Una realidad relevante en el corto plazo, el único plazo que nos importa y nos afecta. El ahora. Para Mitchell, aquel pasado transformó su presente y determinó su futuro para siempre. Dejaron de importarle muchas de las grandes problemáticas del mundo. Su espíritu quedó vagando en la búsqueda de respuestas imposibles. Conviene estremecerse.

A menor escala, las grandes vivencias que nos conducen al desánimo en nuestra vida tienen el poder de cambiarnos. Al menos por un tiempo. Sortear a la muerte, perder a un ser querido o sufrir una gran desilusión activan los resortes de la reflexión profunda. No así el éxito, cuya única consecuencia pareciese ser el aumento de la confianza en nosotros mismos. Confianza que convendría frenar. Nosotros, seres que, y esto lo descubres por contraste con casos como el de Mitchell, aún estamos remotamente lejos del descubrimiento del logos, pues el pájaro no conoce el cielo hasta que la puerta de la jaula se abre y pierde el miedo a volar. Voló Mitchell. No regresó.

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