Di Stefano, los sueños y la eternidad

Algún día hay que irse. Y cuesta. Duele. Porque aquí está lo mejor de mi vida.

Alfredo Di Stefano

Este artículo no repasará la vida y obra de Alfredo Di Stefano. Para eso ya se ha escrito mucho en la prensa mundial. Tampoco tratará de mi opinión personal sobre esta figura del fútbol, pues mi valoración carecería de las experiencias mínimas exigibles al no haber disfrutado del hacer de este futbolista de otro tiempo. Escribo estas líneas para narrar un sueño. Un sueño que tras varias horas despierto sigue vivo, como las experiencias dignas de ser compartidas.

Sentado Di Stefano en una silla en una habitación inundada de luz, me hablaba. Apenas alcanzo a recordar nada de lo que me dijo, pero sí recuerdo su rostro. De aspecto octogenario y mirada entrañable, esa que solo tienen quienes han vivido mucho y se sienten en paz, me ofreció una cátedra sobre el devenir de la vida y el irrenunciable encuentro con la muerte. Sonaba a despedida. Poco a poco, y presa de un anunciado final, dejó de hablar. Su vitalidad se desvanecía a medida que su cuerpo se dejaba reposar sin fuerzas sobre la silla. Un dificultoso respirar que lo iba transformando en una versión más joven de sí mismo, como si el tiempo hubiese decidido volver atrás sobre sus pasos y morir no fuese más que desandar el camino que comenzó al nacer.

Una apariencia rejuvenecida lo envolvió. Volvía a ser aquel futbolista en blanco y negro que activaba los resortes del aplauso y la felicidad en un terreno de juego. El espejismo fue efímero. Expiró. Moría en mis sueños un hombre al que jamás conocí, y ni siquiera disfruté. Y lo que es más desconcertante, sin recordar ninguna de sus palabras sí interioricé el mensaje. Vivir no es vivir si no se muere tranquilo. Así murió él en mi sueño. Quizá simbolizando en él la imagen de otros seres queridos perdidos, lloré su marcha cuando presencié su féretro encaminarse al reposo. Desperté. En el mundo real, había salido el sol.

Tengo el pleno convencimiento de que todos y cada uno de los seres humanos que despiden una vida larga no son las mismas personas que fueron años atrás. Ni el tirano ni el gentil. Porque el fin de la vida no solo representa la decrepitud física, sino el advenimiento de la circunstancia última para realizar balance. Vencidos por el tiempo el ímpetu de juventud, diluidos en la memoria los éxitos y los fracasos, quizá el arrepentimiento de ciertas conductas nos otorgue la redención, sea espiritualmente religiosa o de otra índole. O quizá no. No sabemos qué habrá más allá de esa frontera, pero deberíamos encaminar nuestras vidas a tener que pedir el menor número de disculpas posible. No creo que haya juez supremo, más que uno mismo. La eternidad no es el cielo, sino el recuerdo que generamos.

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