Motivos para llorar

La civilización es una carrera entre la educación y la catástrofe

Arturo Graf

El rostro desolado de un niño dio ayer la vuelta al mundo tras la intemporal humillación a la que se vio sometida la selección brasileña en su feudo de Mineirao. Las dolorosas y sinceras lágrimas de ese pequeño conmovieron por igual a germanos, brasileños y a cualquier ser humano empático. La desazón, producto de un suceso inolvidable en la mente de un infante cuya vida gira en torno a ejes ociosos, era producto de la más profunda de las decepciones. Sin embargo, inalcanzable para su conciencia, existía otro motivo para echarse a llorar.

Tras el pitido final, la idiosincrasia animal del hombre salvaje bulló rauda entre los corazones verdeamarelos incitando a la violencia y regalándole al mundo la más vergonzosa de las postales. Ese niño tiene motivos para inquietarse, pero todavía no lo sabe. Y puede que jamás lo sepa si llega a desarrollarse absorto en la dinámica de masas de la involución cavernaria del mamporro y el hueso. Con cada frustración masiva, el ser humano ha demostrado no solo estar todavía por civilizar, sino sobrados motivos para afirmar que quizá estemos condenados a aceptar que la idea de la razón distintiva es una imposición histórica que intenta contener el dique de la emoción más destructiva. Sin éxito. Una ley de la selva irrenunciable difícil de aceptar para los racionalistas.

Con cada pedrada, cada autobús calcinado, cada rostro ensangrentado, con cada muerte. No somos más que un simio con traje y corbata, pretenciosos e irremediablemente ilusos. ¿Es el raciocinio suficiente para establecernos en un escalón superior al resto del reino natural? Probablemente solo dé para subir un pie. El segundo, enraizado en comportamientos que sepultan el civismo humano en el olvido y la enajenación transitoria, quizá esté demasiado anclado al escalón original. El escalón de partida. Ese que compartimos con la iracunda y peligrosa naturaleza de los seres indomesticables del rugido y la zarpa.

Rousseau afirmaba que la razón hacía al hombre, que a su vez era conducido por el sentimiento. Creo que se equivocaba. La emoción es el motor del mundo, la más elemental de las piezas que nos componen. El amor y el odio, sus extremos. No es el hombre dueño de su destino en tanto que hombre sensato. Somos un centauro de corazón equino y cerebro humano, inabordable en la ira y el desenfreno de las emociones. Implacable y salvaje, guiados por un seso que colapsa ante la crisis. Sobran motivos para el llanto de ese niño, y los siete goles encajados por Brasil ante Alemania quizá estén al final de la lista.

 

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