La piedra única

Siempre recuerda esto, Frodo. El Anillo intenta volver a su Señor… quiere ser encontrado. – Gandalf el Gris

Tras tomar la decisión de hacer el Camino de Santiago desde su inicio mismo en la ruta francesa, un pequeño pueblo de montaña llamado Saint Jean Pied de Port y situado más allá de la línea pirenaica, lo primero que tuve en cuenta es no correr el riesgo de llegar frío. De este modo me he afanado, primero en el gimnasio y ahora en la calle, en realizar caminatas que ejerciten las piernas de un modo muy concreto, a ritmo pausado y constante durante varias horas. Una de esas caminatas me llevó a encontrarla.

La ruta hasta Santiago de Compostela -o Finisterre, mi objetivo esta vez- está llena de puntos memorables y famosos por su trascendencia no solo para el peregrino sino para la historia y la cultura universal. Uno de ellos, llamado la Cruz de Ferro, es el lugar más elevado de todo el sendero -kilómetro y medio sobre el nivel del mar-, un montículo de rocas bajo un mástil pelado de cinco metros de altura coronado por una cruz de hierro de origen romano. La tradición, seas ateo o creyente, insta al peregrino a dejar una piedra traída desde el lugar de origen del caminante. Ya he encontrado la mía.

Comenzando a caminar alrededor de las siete y media, todavía el sol se dejaba sentir con inquina. Por suerte se alejaba tras de mí. Miraba el camino de tierra intentando encontrar una piedra distinta, peculiar. No en vano dejarla en la Cruz de Ferro es un símbolo y una especie de legado que el peregrino deja y comparte con todos los que vendrán. Es por ello que no conviene elegir una piedra cualquiera. Algunos la eligen por su forma, otros por su color y otros por tener una superficie plana donde poder escribir un pequeño mensaje. Otros no dejan piedra, sino un objeto de valor sentimental.

En la mía no habrá mensaje porque creo que toda ella es un símbolo y un mensaje en sí mismo. De entre las miles de piedras que me rodeaban a mi paso por el camino de tierra cercano a casa de repente vi una un tanto extraña. Volteada ligeramente hacia un lado llamó mi atención no sé si por un reflejo solar o por pura aleatoriedad. La cogí. Sorprendido, vi que era una roca con una concha incrustrada. Sí, la concha es el símbolo universal del Camino de Santiago. Entonces, miré alrededor buscando una similar. No había ninguna parecida.

Rasqué en torno a la concha para comprobar si la envolvía tierra compactada. Pura roca. Imperceptible al ojo, la fusión de concha y piedra es tal que me pregunto si he encontrado un fósil. Los mares del Jurásico fueron cultivo de vidas que hoy son buscadas en Sevilla con ahínco, por lo que es hasta cierto punto habitual encontrar este tipo de objetos que nos regala el legado natural del planeta. Habiendo conservado para siempre su imagen en una fotografía, depositaré cuidadosamente la reliquia entre todas sus compañeras de reposo.

Teniendo en cuenta la simbología que he mencionado, y como amante de la fantasía, no puedo sino acordarme de las palabras de Gandalf el Gris a Frodo Bolsón durante su periplo portando el Anillo Único. Pareciese, como en la obra de Tolkien, que existen objetos que están destinados a ser encontrados. Aunque la pregunta que jamás tendrá respuesta es si fui yo quien encontró esa piedra o fue ella la que me encontró a mí.

Peregrino arrodillado en la Cruz de Ferro del Camino de Santiago.
Peregrino arrodillado en la Cruz de Ferro del Camino de Santiago.
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