El futuro murió ayer

El futuro murió ayer. Lo vislumbré cuando levanté la cabeza por primera vez en un pupitre el cual olvidé hace mucho tiempo y pensé que el final estaba aún muy lejos. No me despedí de él porque creí poder conocerlo algún día. Quizá fui osado. Entendía el final como una meta onírica a partir de la cual, en una especie de rito de iniciación ancestral, se salta a un nuevo nivel en la estructura social. Un mundo mejor. Hice lo que se esperaba de mí. Llegué a la meta incluso con algo de resuello de sobra. Porque a medida que me acercaba a la cinta aminoraba el paso. Pero el hedor comenzó a envolverlo todo hace mucho tiempo. Me mintieron. Uno se pregunta si no ha tirado muchos años de su vida en las aulas cuando bien podría haber dedicado ese tiempo a la exploración personal de otras experiencias. Thoreau se fue a Walden y allí fue feliz. En paz con la naturaleza y no con los hombres. No experimentó el sentimiento de culpabilidad en sus tripas cada vez que hubo de comer en su propio hogar mientras permanecía ocioso. Ociosidad elegida, y no impuesta. Es el drama del hoy, del futuro que no existe. Ese futuro fantasma que solo existió en los sueños de nuestro pasado. El futuro que murió ayer.

Fdo: un periodista español buscando empleo.

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