La Tierra Media hinca la rodilla

– “Se acerca un grupo de orcos, no son más de un ciento“.

– “Me encargaré de ellos“.

Con esta prepotencia salida de los labios de Thorin Escudo de Roble sentencié a El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos. Y no solo a la tercera entrega, sino a todas las demás. La segunda trilogía de Peter Jackson ambientada en el universo de Tolkien es un sinsentido de principio a fin, una historia alargada hasta extremos mercantilistas que se abordó sin tener en cuenta el legado que debía conservar. Un espíritu que no es otro que el de la que probablemente sea la mejor saga de fantasía de este siglo: El Señor de los Anillos.

El Hobbit deja al fan versado en la obra de Tolkien no ya decepcionado, sino cabreado. Porque el nuevo triunvirato fantástico de Jackson pone en pantalla una historia para tontos, un relato lobotomizado en profundidad y puesta en escena, un cliché de la fantasía manida y predecible de siempre y, lo que es peor, una caricatura de los propios conceptos que encumbraron a El Señor de los Anillos. La comparación con la primera trilogía es tan sonrojante para la segunda que pareciese que El Hobbit, a pesar de contar con gran parte del staff técnico a sus espaldas, haya sido concebida pensando en la inercia que desde 2001 arrastra a toda una legión de seguidores de las aventuras de Frodo Bolsón.

Pocas cosas se salvan en esta vergonzosa adaptación de la obra original de Tolkien, un libro tirando a pequeño que si bien hacía gala de un tono más infantil no decepcionaba como lectura previa o posterior al periplo de la Compañía del Anillo. No eran necesarias tres películas, eso lo sabíamos desde el principio. Y yo también soy culpable de haber imaginado tres portentosas películas de calidad creciente que culminaran con un improbable, superar a la primera trilogía. No solo no fue así, sino que El Hobbit te deja con ganas de ver El Señor de los Anillos solo para olvidarnos de lo que acabamos de sufrir. En el fondo infantilizada al extremo, y en las formas digitalizada hasta lo absurdo, parecía increíble que Peter Jackson pudiera ofrecernos un producto tan prescindible.

Esta vez, ni los mágicos paisajes de Nueva Zelanda, ni el buen hacer de Martin Freeman, mucho mejor que el pusilánime Elijah Wood, ni tampoco el regreso de Gandalf el Gris con alguna que otra demostración de poder han sido suficientes para llegar al aprobado, pues la película es un suspenso en términos relativos aunque objetivamente entretenga. Pírrica victoria para una historia que debería haber aspirado a mucho más. Por supuesto, existen escenas buenísimas, como esa en la que Bilbo Bolsón yace en su silla con el anillo en la mano mientras las arrugas de su rostro muestran la tez de Ian Holm, el tío de Frodo en la trilogía original. Gandalf llama a la puerta, un viejo amigo que vuelve para una gran fiesta de cumpleaños. Pero esta vez estamos dentro de ese agujero en el suelo, donde habita un Hobbit. Finaliza la opereta tolkieniana, empieza una historia que jamás olvidarás. Una pena que para entonces la Tierra Media ya hubiera hincado la rodilla.

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